expectativa y expectacionAunque expectación y expectativa son palabras que derivan de la misma raíz, y el mismo diccionario no ofrece una distinción considerable, lo cierto es que en la práctica, entre ambas existe un mundo de matices que, paradójicamente nos acercan o nos alejan de aquello que esperamos que suceda.

Ya sea a nivel psicológico, emocional o espiritual, la expectación nos sintoniza con aquello que deseamos conseguir, mientras que las expectativas producen bloqueos, decepciones, ansiedad y en definitiva nos alejan de lo esperado.

Ambas actitudes implican la espera de que ocurra un acontecimiento previsible, pero mientras la expectación se centra en el QUÉ VA A OCURRIR, las expectativas se centran en el CÓMO VA A OCURRIR, y en ese “cómo” proyectamos nuestros deseos o nuestro temores.

Esta actitud de proyectar nuestros deseos o nuestros miedos en el desenlace concreto de un hecho, que anticipamos en nuestra mente, nos conduce siempre a perdernos algo.

Si nuestras expectativas se cumplen habremos perdido la sorpresa que el acontecimiento nos hubiera producido y otras muchas cosas que han estado sucediendo mientras estábamos centrados, cual lindos burritos, en nuestra zanahoria particular.

Si nuestras expectativas eran negativas y finalmente el suceso resulta ser positivo, hemos estado sufriendo una negatividad absurda que además ha puesto en peligro (porque íbamos con las gafas de cristal oscuro) que lo positivo que tenía que suceder sucediera.

Si teníamos determinadas expectativas positivas en un hecho y ocurre algo distinto por positivo que sea, nos resultará difícil no sucumbir al desencanto de la expectativa frustrada y abrazar eso tan inesperado como positivo que se nos presenta.

¿Debemos pues abandonar todo deseo de esperar un resultado concreto ante un suceso que se sabe va a producirse? (Cambio de trabajo, una cita, una fiesta, el inicio de un nuevo aprendizaje…) Definitivamente no, solo debemos acercarnos más a la posición de expectación que de expectativa.

Una de las preguntas típicas cuando inicias un  nuevo curso, o acudes a un taller o seminario, es ¿qué expectativas traes a este curso?

Si tus expectativas son demasiado concretas quizá cuando acabe el curso te sientas estafado, o quizá a mitad de curso, cuando tus expectativas estén satisfechas, dejes de prestar atención a otros aprendizajes que podías haberte llevado por el mismo precio, o quizá, estabas tan centrado en el aprendizaje que venías buscando, que no te diste cuenta de que junto a ti estaba sentada tu alma gemela…

Así, la actitud más sabia, la que mayores ganancias nos va a producir es la de acudir expectantes y receptivos, a todo el aprendizaje disponible para nosotros ante ese nuevo camino que acabamos de emprender.

Mientras que con nuestras expectativas prediseñamos nuestro “plan perfecto” de cómo tiene que ocurrir un acontecimiento, y centramos nuestra atención únicamente en todo aquello que cumple o no con nuestro plan mental, con la expectación nos mantenemos alerta a lo que de verdad sucede, nos mantenemos libres para ser flexibles y actuar de acuerdo con lo que se va produciendo.

La expectación es un estado de atención plena, en el que las emociones que puedan surgir no son fruto de esquemas previos sino del aquí y ahora.

Tener expectativas es un hábito que tenemos muy interiorizado, es además uno de esos hábitos a los que le tenemos cariño y del que es muy complicado escapar…

Pero siempre existe el camino de en medio…

Tienes una cita, con alguien que te gusta muchísimo ¿Cómo no tener la expectativa de que la cita acabe, incluso mucho mejor si empieza, con un prolongado beso?

Tomemos el camino de en medio… Mantente expectante y márcate la expectativa de disfrutar de cada momento a su lado, porque quizá, esperando ese beso, te estás perdiendo el aroma que desprende, el roce descuidado de su mano junto a la tuya, esa sonrisa cargada de afecto durante la despedida…

Quizá, sólo quizá, las cosas que suceden son las que tienen que suceder, como tienen que suceder…

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