tristeza y creatividad

Si nos preguntaran por el antónimo de la palabra “crear”, automáticamente, la mayoría de nosotros responderíamos “destruir”.

Pero si nos paramos un poco a pensar encontramos que lo contrario de crear, más bien, sería no hacer nada.

Porque con la destrucción creamos, cuando menos, caos, un orden diferente, un orden, o desorden, nuevo.

Y en este contexto dual si vamos a hablar de tristeza también debemos hablar de felicidad.

Hablaremos también del placer y del dolor como dos de las fuerzas primordiales que nos gobiernan.

Los circuitos neuronales del dolor y los del placer, con sus secreciones, nos invitan constantemente a buscar el placer y evitar el dolor.

Así biológicamente estamos preparados para ir en busca de la felicidad, pero ¿qué ocurre cuando encontramos lo que buscamos? Que cesamos la búsqueda, paramos, y si paramos, “no hacemos” y si no hacemos no creamos.

¿Significa esto que si somos felices dejamos de ser creativos? Definitivamente no y sólo tenemos que observar a los niños para darnos cuenta de esto.

Cuanto más pequeños y más felices más creativos son, existen multitud de estudios que demuestran que con la escolarización se va perdiendo creatividad.

Lo que ocurre es que uno de los componentes claves de la creatividad es el pensamiento divergente, que es el que se ve afectado por la “normalización” a la que son expuestos en su curriculum académico.


abraza tus emociones

Miedo, rabia, alegría, tristeza: cuatro emociones básicas que desempeñan un papel fundamental en el crecimiento interior de la persona. Una emoción es un aviso que nuestra psique nos regala para conocernos mejor.

Para ser feliz, es fundamental aprender a gestionar las emociones.

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Pero volviendo a la parte de la creatividad afectada negativamente por la felicidad nos encontramos con la resistencia al cambio.

Si preguntamos a una persona que se encuentra en un momento feliz ¿Qué cambiarías en tu vida? La respuesta, si es cierto que están felices, es NADA.

Y en esa nada no tiene sentido la creación.

Y además es justo que así sea, nos pegamos la vida buscando la felicidad, así que cuando la encontramos nos dedicamos a disfrutarla, a vivenciarla.

Es cierto que en momentos felices podemos tener la necesidad de transmitir esa felicidad, inmortalizarla a través de nuestro trabajo creativo.

Así podemos escribir grandes odas desde la exaltación, fotografiar intensos amanaceres en un estado total de dicha, o componer melodías que reflejen la felicidad que estamos sintiendo.

Pero todas estas actividades tienen más que ver con una foto fija, con una recreación del momento o la emoción, una especie de canalización de lo que ES.

Entonces ¿Qué nos pasa cuando nos sentimos mal, cuando estamos tristes?

Que necesitamos cambiar, se activa el mecanismo biológico de huida, una tensión sumamente beneficiosa para la creatividad.

Por otro lado la tristeza es una emoción que nos lleva al recogimiento, a la pausa, a la introspección.

El dolor emocional nos conduce a un contacto muy profundo con nuestra esencia, con nuestra individualidad, con lo que nos hace únicos, y por tanto el lugar desde el que podemos ofrecer creaciones únicas.

El dolor juega un papel muy importante en la memoria, todos recordamos perfectamente las situaciones que nos han causado dolor y las sensaciones que nos produjeron.

Al ser una experiencia universal, las creaciones que surgen de estados de dolor generan una empatía, un resonar, en quien las recibe, una identificación. Es por esto que nos gustan tanto las canciones de desamor o los dramas cinematográficos, porque conectan con una parte importante de nosotros donde todos hemos residido en algún momento de nuestras vidas.

Así, el circuito sería el siguiente:

Recibimos un revés, o simplemente nos despertamos una mañana con una sensación de tristeza, de carencia.

Esto nos lleva a querer relacionarnos lo mínimo posible con el exterior, a entrar en un proceso interior que por otra parte resulta bastante desagradable.

Entonces nuestros circuitos neuronales nos gritan, ¡Huye, sal de aquí, busca el placer!

Si a la primera llamada de socorro hacemos caso y corremos a escabullirnos estamos perdiendo una preciosa oportunidad de descubrir cuál es esa carencia que nos hace sentir así, y si no la descubrimos entraremos en un círculo vicioso de ansiedad y escape del que nada bueno obtendremos, ni daremos.

Si en cambio aprovechamos ese disconfort para bucear en nuestras sombras, encontraremos la luz primigenia que habita en nosotros mismos, y en el doloroso proceso seremos capaces de retratar lo más oscuro del ser humano, pero también los creativos pasos que nos llevan de vuelta a la búsqueda de la felicidad.

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