La Muerte llegó a un poblado.

Los habitantes, asustados, corrieron a pedirle al sabio de la zona para que intercediera por ellos.

– No os preocupéis, prometo hablar con ella y averiguaré que es lo que anda buscando. – Intentó calmarles el anciano.

Sin mayor demora partió en busca de la temible forastera. La encontró rebuscando por los soportales del viejo hospital, con afanado empeño.

– Buenas te sean dadas oscura dama. – Le dijo el anciano. – ¿Serías tan amable de decirme que es lo que te ha traído por estos parajes?

– Vengo en busca de mil almas, escrito está que, han de venirse conmigo a lo largo de la semana que hoy comienza.

– ¿Sólo serán mil, entonces?

– Esa es mi palabra.

Aceptando lo que la Muerte le respondió regreso a su casa, confiado de que si así debía ser, así sería.

Pasada la semana, los asustados foráneos fueron de nuevo en busca del sabio.

– ¿Qué os trae una vez más por aquí?

– Nos dijiste que la muerte había prometido llevarse a mil almas con ella, y son ya dos mil las que se han ido.- Respondieron llenos de ansiedad.

– ¿Estáis seguros de que no han sido mil?

– Esta misma mañana se ha hecho el último recuento, señor.

– Está bien iré a hablar con ella y a ver qué razones da.

El anciano fue en busca de la Muerte y la encontró disponiéndose para la marcha casi a las afueras de la villa.

– ¿Ya te marchas?

– Así es, ya he terminado lo que vine a hacer.

– Te tenía por asesina, incluso por sibilina y embaucadora, pero lo que jamás pensé de ti es que eras, además, mentirosa.

– ¿Por qué me dices eso, anciano?- Replico la Muerte con cierta molestia.

– Prometiste llevarte a mil y han sido más de dos mil, las almas que te has llevado.

– Estás equivocado amigo mío. Yo me lleve a mil, tal cual fue mi promesa. Las otras mil se las llevó Pánico, es a él a quien debes reprocharle.»

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