corazón endurecido

Quizá no encontremos mayor problema en nuestra vida que tener un corazón endurecido, y cuan a menudo confundimos la causa con el efecto.

Cuan a menudo ni siquiera somos conscientes de las capas y capas de dureza en las que ahogamos nuestro corazón.

El amor no llega a nuestras vidas, esperamos en vano a ese caballero o amazona que nos haga florecer, que nos haga volver a confiar, sin darnos cuenta que la puerta está cerrada por dentro, que hasta que nosotros mismos no la abramos nadie conseguirá hacerlo.

Un proverbio chino nos dice:

“Las personas se arreglan todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?”

Arreglemos nuestro corazón, liberémoslo de todo aquello que lo endurece y cultivemos todo aquello que lo empodera, porque la auténtica fortaleza del corazón reside en devolverle su fuerza vital que es expansiva y no restrictiva.

¿Cuándo se endurece el corazón?

Te propongo que pongas consciencia en las sensaciones físicas que se generan en el centro de tu pecho ante las siguientes actitudes. Porque cuando hablamos de endurecer o expandir tu corazón no estamos utilizando una metáfora, es real.

Podemos sentirlo, podemos sentir una sensación pesada, fría, angulosa, cuando entramos en alguna de las actitudes que nos endurecen, de la misma forma que podemos sentir como nos expandimos desde nuestro centro, cuando practicamos los hábitos que empoderan nuestro corazón.

Nos endurecemos cuando:

Una de las cosas que más endurece nuestro corazón es el juicio. Cuando juzgamos nos movemos en energías de separación, de dualidad.

Si juzgamos al otro (¿qué otro? Diría un corazón sano) nos endurecemos, salimos del amor, de la comprensión, de la empatía…

Cuando nos juzgamos a nosotros mismos lo hacemos aun peor, nos rompemos, nos dividimos en juzgador y en juzgable, el daño es doble, porque la parte de ti que juzga sufre y la juzgada siente falta de merecimiento, culpa. Toneladas y toneladas de chapapote para tu pobre corazón.

Miramos hacia otro lado. Malinterpretamos el refrán “ojos que no ven corazón que no siente”. Nos agarramos a él como si “corazón que no siente” fuera sinónimo de la falta de sufrimiento y es todo lo contrario. La función del corazón, el sentimiento del corazón, es el AMOR, no el sufrimiento. Si el corazón no siente nos estamos privando del amor, lo que paradójicamente nos genera un sufrimiento más o menos consciente.

Vivimos también en el error de que el corazón no tiene capacidad de ver por sí mismo, dando crédito sólo a lo que ven nuestros ojos.

Mirar hacia otro lado es no escuchar la voz del corazón, es hacer oídos sordos a la incomodidad que se genera en nuestro interior hacia una situación injusta, hacia una persona necesitada.

Miramos hacia otro lado precisamente para no juzgarnos a nosotros mismos y entrar en la culpa de no haber ayudado.

La próxima vez que sientas la tentación de mirar hacia otro lado no lo hagas, mira de frente, no tienes la obligación de cambiar lo que hay frente a tus ojos, quizá no puedas, quizá no sepas, quizá simplemente seas capaz de sentir gratitud porque tú no estás pasando por esa dificultad, o empatía, o comprensión…Mirar para otro lado te endurece el corazón, mirar de frente lo alimenta.

Cuando envidiamos. La envidia es puro veneno para tu corazón, posiblemente sea la actitud que más puede endurecerlo. Va absolutamente en contra de las leyes universales, percibimos el mundo como un lugar sin los recursos suficientes, nos percibimos entonces como un ser sin recursos, que como es incapaz de generar, envidia lo que generan los demás.

Soluciones para un corazón endurecido

Expandimos y sanamos nuestro corazón cuando:

Nos enfocamos en nuestra grandeza y en la grandeza del otro. Cada vez que somos conscientes de la grandeza que se esconde en pequeños actos realizados por nosotros o por los demás, ensanchamos el corazón.

Hacemos de la gratitud un hábito diario. La gratitud es un bálsamo para el corazón, nos llena de dicha, nos llena de magia.

Perdonamos y nos perdonamos. No podemos ser libres si no somos capaces de perdonar, si no somos capaces de perdonarnos. El rencor… aunque creamos lo contrario, jamás es útil, no nos sirve para no volver a sufrir sino para no dejar de hacerlo nunca.

Conectamos con la Naturaleza. Pasear por un bosque, contemplar el infinito mar, tumbarnos bajo las estrellas… La naturaleza nos recuerda continuamente que no hay escasez de recursos, sino abundancia. Los espacios abiertos, nos muestran cuan pequeños son en realidad nuestros problemas, nos enseña perspectiva, nos invita a la expansión, a la conexión con la perfección de todo lo formado, de la que formamos parte.

El abrazo es el permiso que nos damos para conectar con otro corazón, para mostrarnos vulnerables, para dar y recibir.

Escuchamos música. La música conecta con nuestro cerebro emocional, es una aliada perfecta para conectar con nuestras emociones más profundas, debemos encontrar nuestro son medicinal, esas canciones con las que sentimos que nuestro corazón se libera, y escucharlas, bailarlas, hacernos uno con ellas.

Aprendemos de los niños. Porque su corazón aún es tierno, porque interactuar con ellos, porque observar su mirada es comprender, realmente, que el mundo es un lugar que merece ser vivido, experimentado, con el corazón abierto de par en par.

Amamos a nuestras mascotas. Porque nos hacen conscientes de que el amor no entiende de diferencias, ni de expectativas…

Comprendemos nuestra esencia y nuestro poder. Comprendemos que nuestra esencia, la esencia de todo, es el Amor, que somos poderosos y libres cuando vivimos desde él, que ¡Sorpresa! Cuando emitimos amor, solo recibimos amor.

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